Nuestra herencia colonial

Hoy se celebran 173 años de la que es posiblemente la más significativa de nuestras declaraciones de Independencia de otro país u potencia extranjera. Digo la más significativa, ya que nuestra historia fácilmente se podría dividir entre una serie de períodos de invasión extranjera, entrelazados por (relativamente breves) periodos de inestabilidad política y regímenes autoritarios, hasta llegar a las décadas recientes de ‘democracia’.

Sin embargo, es fácil quedarse absorbido por el presente, y olvidar el peso del pasado. Más específicamente, el legado de las instituciones coloniales que todavía inciden en nuestro día a día como país. Es fácil pensar que hemos evolucionado en nuestra vida republicana, olvidando que realmente hemos durado más tiempo bajo el estatus de colonia que bajo el estatus de nación independiente. Aun viendo los sucesos de los años posteriores a nuestra Independencia, lo que encontramos son más invasiones, más intentos de anexión, caos político y regímenes autoritarios. Esto pone en duda si las instituciones creadas durante nuestra etapa como una nación libre, soberana, y democrática puedan producir un contrapeso real ante nuestra herencia colonial.

La economía del desarrollo presenta un sinnumero de teorías y estudios sobre los efectos a largo plazo de los diferentes modelos de colonización. Uno de los principales contrastes que podemos encontrar en la bibliografía es el que existe entre las zonas ricas en recursos naturales, las cuales atrajeron modelos de explotación colonial, vs. las zonas no-ricas en recursos naturales, las cuales atrajeron modelos de asentamiento colonial.

Nuestra isla sin duda se encuentra en el primer grupo. Su conquista y colonización empezó en el 1492 con la llegada de Colón, y fue seguida por olas de españoles interesados en participar en la economía del oro y enriquecerse rápidamente. Este pensamiento a corto plazo llevó a una repartición arbitraria de la tierra entre los colonizadores, y posteriormente a la extinción completa de la raza aborigen de nuestra isla (la cual sólo perdura a través de sutiles trazos en la mezcla de razas que el Dominicano lleva en su ADN). Sin embargo, la bonanza económica probó ser efímera cuando la explotación de recursos naturales no se vio acompañada por el desarrollo de un modelo económico más sostenible (¿suena familiar?).

De hecho, tan pronto los colonizadores españoles pisaron tierra continental en América (léase, México, Centroamérica, y luego Perú), se vieron tan cegados por el oro y la plata recién descubiertos que su interés en nuestra isla se desvaneció casi por completo. Sí, por un momento recobramos importancia como un significativo productor de azúcar, pero fuimos rápidamente opacados por Cuba cuando La Habana fue designado como el puerto principal para conectar Europa con América.

Aun con todo esto, logramos permanecer 329 años bajo el control de España (hasta nuestra primera independencia, apropiadamente denominada ‘efímera’). Sin recursos naturales valiosos para la época, sin industria, sin ser una gran potencia agrícola… qué nos quedó? Tres instituciones que pasaron a definir nuestra vida cultural, social, y política aún hasta en pleno siglo XXI: La Iglesia Católica, el situado, y el Hato Ganadero.

No es secreto que la Iglesia Católica fue quizás la institución que más influyó la conquista y colonización de América. Las bulas papales de la época sirvieron para legitimar estas expediciones, otorgando a la Corona el DERECHO a conquistar América y la OBLIGACION de evangelizarla. El prospecto de todo un nuevo continente de creyentes fue suficiente para apoyar la repartición arbitraria de tierras e indígenas, a cambio de que los colonizadores instruyeran a tales indígenas en la Fe católica (aunque cabe señalar que también se dieron casos de misioneros/religiosos que denunciaron el maltrato y abuso a los cuales fueron sometidos dichos indígenas).

De hecho, el Vaticano intervino repetidas veces para mediar conflictos entre potencias Europeas sobre cómo repartirse las nuevas tierras descubiertas. Los Reyes Católicos y sus sucesores promovieron la evangelización y constituyeron un Patronato Real sobre la institución religiosa, lo cual aseguró la remuneración del clero y la construcción de iglesias, catedrales, y conventos. La Iglesia también se convirtió en el agente de diseminación de la cultura Europea/Occidental en la isla. Debido a esta relación cuasi-simbiótica con la Corona, la aristocracia y burocracia local difícilmente le podían servir de contrapeso al poder político de la Iglesia Católica. Aunque el catolicismo es uno de los lazos que unen a todas las naciones Latinoamericanas, somos quizás la única que lleva estas referencias religiosas en su escudo nacional (la biblia abierta, la cruz, y el ‘Dios’ en el lema), y una de las que todavía no ha avanzado hacia un Estado laico.

La segunda institución clave de nuestro periodo colonial fue el situado. Esto era básicamente una anualidad proveniente de España, con el fin del pago de sueldos a los altos funcionarios y oficiales de la colonia. Estos altos oficiales bien podrían considerarse en su mayoría como las primeras ‘botellas’ de nuestro país, para los cuales el situado constituyó un medio de acumulación de riquezas a cambio de una labor mediocre. El pago del mismo no dependía de ningunas condiciones, garantizando en cierto modo la prevalencia en el poder de una burocracia ineficiente, atada al ‘viejo mundo’. Este paradigma sobre el rol y las funciones de la burocracia todavía están presentes en nuestra vida republicana, donde aún carecemos de un sistema de incentivos que mida o recompense la efectividad de esta rama del gobierno.

La tercera y última institución que marca nuestra historia colonial es el hato ganadero, el cual pasó a ser la principal actividad económica en nuestro lado de la isla. Dado a que la labor en los hatos era menos intensa que en por ejemplo, el cultivo de la caña de azúcar, la relación entre los esclavos y sus amos era diferente que en otras colonias similares (algunos historiadores la han caracterizado como mas ‘amigable’ o ‘humana’). La mano de obra que fue necesaria fue menor, y la actitud con respecto al mestizaje era más favorable. Esto no sólo marcó grandemente nuestra composición racial actual, sino que también evitó un resentimiento de la clase esclava similar al que llevó a la Revolución Haitiana en el Occidente de la isla.

El otro efecto importante de la economía del Hato es que movió la principal actividad económica hacia el campo, lejos de la capital, y por ende, lejos de la sede del gobierno. Esto crea una desconexión entre la clase burócrata y la clase terrateniente, quienes tenían el mayor poder económico, y pasan a ejercer el control político por de facto en las otras áreas provinciales. La economía del Hato de esta forma descentraliza el poder político en el interior del país, y dificulta la unificación de otros actores en Santo Domingo para defender los intereses económicos de la colonia frente a sus gobernantes. Este orden sociopolítico fue un factor decisivo en el desarrollo de algunas de las características distintivas de nuestra cultura política, como lo son el paternalismo, el caudillismo, y la tendencia hacia líderes de apariencia ‘fuerte’ que terminan presidiendo regímenes autoritarios.

No es por coincidencia que tras revisitar brevemente estos aspectos de nuestro pasado colonial, podamos distinguir algunas de las tendencias de nuestra vida económica, social y política. El periodo colonial terminó con una primera Independencia, la cual fue seguida de 22 años de invasión Haitiana, y luego de otra Independencia (que es la que celebramos hoy). A partir de esta segunda independencia fuimos anexados, nos re-independizamos (la tercera es la vencida!), tuvimos una dictadura por 17 años (Lilis), una intervención Estadounidense por 8 años, otra dictadura por 31 años (Trujillo), otra intervención Estadounidense, y una pseudo-dictadura (Balaguer) por 12 años. Para los que han ido trabajando los números, esto cada vez reduce mas el tiempo que hemos tenido como nación para corregir los males institucionales heredados y/o reemplazarlos con instituciones democráticas sostenibles.

Podríamos marcar nuestra verdadera transición a una democracia representativa a partir de el fin de ‘Los Doce Años’, lo cual resultaría en unos meros 29 años de vida democrática moderna. Esto es apenas una generación, y constituye incluso menor tiempo de lo que duró la dictadura de Trujillo. Aun así, de estos 29 años, 4 fueron de otro gobierno de Balaguer, 12 fueron del mismo Presidente, y 17 del mismo partido, el cual al día de hoy, en términos reales, se encuentra sin oposición.

Entonces, ¿Qué nos enseña todo esto? Simplemente, que debemos ser realistas sobre nuestro desarrollo como nación. Que no somos inmunes a la historia ni a la herencia que ésta ha dejado en nuestras instituciones. Que debemos reconocer las actitudes y procesos políticos que un pasado no tan lejano se interpusieron al desarrollo de un modelo económico sostenible. Que, poniendo todo en perspectiva, quizás falta más tiempo todavía para construir y asimilar una cultura política que garantice el éxito y la permanencia de nuestra democracia representativa. En fin, que hoy podemos celebrar que somos independientes, pero no podemos olvidar que todavía tenemos la labor de construir nuestra nación.

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