Elecciones 2016 y la Democracia Dominicana

El pasado domingo 15 de Mayo se celebraron las elecciones presidenciales, congresuales, y municipales en el país. Si bien la percepción de la legitimidad del proceso se vio afectada por problemas en el uso de los infames escáneres conteo de votos electrónicos (algo nuevo para nuestro país), o la compra de cedulas a plena luz (algo quizás no tan nuevo), al fin de cuentas los resultados fueron los esperados. Es decir, desde hace meses, las encuestas más respetadas le venían otorgando al actual presidente (virtualmente ya reelegido) alrededor de un 60% de los votos, estableciendo un amplio margen ante su opositor más cercano. Esta tendencia se comprobó desde el primer boletín, y claro, los que estamos familiarizados la estadística sabemos que una muestra representativa de la población, luego de alcanzar un cierto tamaño, tiende a reflejar esa población con una probabilidad bastante baja de error. O en español: es muy difícil que la tendencia que se vio en los primeros boletines se revirtiera drásticamente para señalar la victoria de otro candidato, en especial cuando el margen entre ambos candidatos era tan grande.

 

Pero bien, mi punto no es hablar de estadística, sino de comentar sobre algo que he venido observando desde los últimos meses de la campaña electoral, hasta el día de hoy en que estamos en la espera de que se termine el conteo de votos y se lean los resultados ‘oficiales’. Se trata de esa línea de pensamiento de que la República Dominicana ‘no es una democracia’, la cual ahora se ve fortalecida con acusaciones de irregularidades, fraude, y demás bestias en el proceso electoral.

 

Aunque pienso que este tipo de acusaciones no deben de ser tomadas a la ligera cuando están acompañadas de fundamento y pruebas, también creo que hay otras amenazas a nuestra democracia que parecen todavía no haber entrado en el radar de aquellos que se aquejan. Es decir, una democracia completamente funcional va mas allá de unas elecciones limpias y transparentes. Claro, siendo un país con una historia política caracterizada por dictadores y demás autócratas, el derecho a poder votar sin estar forzado a marcar una casilla específica parece un gran avance. Y lo es, considerando todo lo que muchos tuvieron que luchar para llegar ahí. Sin embargo, no lo es todo.

 

Y es que hoy en día, la democracia ya ha dejado de ser vista como una dicotomía (en el sentido de que un país o es democrático, o no lo es), y ahora es vista como un continuum, donde un país se posiciona en algún punto del espectro que va desde gobiernos completamente autoritarios a gobiernos completamente democráticos.

 

Una manifestación de este concepto es el índice de la democracia de Economist Intelligence Unit, en el cual se basa el resto de este artículo. Este le otorga una calificación a cada país del 1 al 10, que se calcula como el promedio de la puntuación que este obtiene en 5 categorías: 1) Proceso electoral y pluralismo, 2) Funcionamiento del Gobierno, 3) Participación Política, 4) Cultura Política, y 5) Libertades Civiles. La puntuación en cada categoría depende de cómo el país responde a una serie de preguntas e indicadores que miden aspectos fundamentales de la democracia. Tan sólo con ver brevemente las categorías que determinan la ‘calificación democrática’ de cada país, podemos notar como las elecciones en sí, que caerían bajo ‘Proceso electoral y pluralismo’, son una condición necesaria pero no suficiente para una democracia ‘completa’.

 

Me imagino que ahora muchos se estarán preguntando: ‘Bueno, y bajo esos estándares, dónde se ubica la República Dominicana?’

 

Los resultados del 2015 nos otorgan una puntuación de un 6.67/10, calificándonos como una ‘democracia defectuosa’, lo cual  está por encima de los regímenes ‘híbridos’ y ‘autoritarios’, pero por debajo de una ‘democracia completa’. Si indagamos en esa calificación, y vemos la puntuación en cada una de las 5 categorías, vemos que, para sorpresa de muchos, obtuvimos un 8.75/10 en ‘proceso electoral y pluralismo’, lo cual resultó de hecho ser nuestra categoría con la mejor puntuación.

 

Pero, qué nos alejo de un 10 perfecto? De acuerdo a mi lectura de las preguntas bajo esta categoría, asumo que quizás fue el hecho de que, aun habiendo elecciones libres y transparentes, no existen oportunidades equitativas de hacer campaña, como muchos reportes comprobaron al ver que más del 80% del espacio mediático estaba acaparado por el partido del gobierno. También el hecho de que, aún con la cantidad de partidos de oposición, ninguno tenía prospectos realistas de tomar el poder. Y aquí me refiero a mi introducción a este artículo: las encuestas en ningún momento reflejaron que el actual presidente podría perder (y claro, esa preferencia de voto es reflejo de otros factores que a la vez refuerzan esta imposibilidad de otros partidos de asumir el poder).

 

Ahora bien, en cuáles categorías obtuvimos las calificaciones más bajas?

 

Obtuvimos un 5.71/10 en ‘Funcionamiento del Gobierno’. Esta es una categoría interesante, ya que se mide, entre otros factores, por respuestas a preguntas como: ‘Tiene el Poder Legislativo una supremacía clara sobre las otras ramas del gobierno?’ Esto puede ser una pregunta hasta difícil de entender en un país donde el Congreso pocas veces cuestiona los mandatos del Poder Ejecutivo, sirviendo como una mera extensión del mismo. Es decir, nuestra democracia falla al no tener un sistema efectivo de revisar y balancear el ejercicio de autoridad por parte del gobierno. Otra pregunta en esta categoría que ASUMO afectó nuestra puntuación es: Qué tan prevalente es la corrupción? Creo que los dominicanos no tenemos que tener tanta imaginación para pensar en como la corrupción afecta la institucionalidad en nuestro país…

 

Nuestra categoría con la calificación mas baja puede resultar (nuevamente) en la sorpresa de muchos. Se trata de ‘Participación Política’, donde obtuvimos un 5/10. Esto reafirma cómo la democracia no se puede medir sólo con el hecho de tener elecciones, ya que si miramos los resultados del pasado 15 de Mayo, aproximadamente un 70% de los votantes inscritos asistieron a las urnas, una cifra sólida. Sin embargo, la participación política en este índice de la democracia abarca consideraciones como, por ejemplo, el porcentaje de mujeres en cargos electivos (o en el gabinete de gobierno), donde no estamos tan bien parados como país. También mira si las minorías tienen una voz en el proceso político (lo cual es dudoso en un país que no tiene el mejor record de reconocer que esas minorías si quiera existen), y qué tan involucrados están los ciudadanos en la política (viendo los resultados, asumo que la asistencia a caravanas no cuenta).

 

En resumen, esta concepción más amplia de lo que constituye verdaderamente una democracia, y de dónde estamos posicionados en el continuum nos permite entender estas elecciones verdaderamente por lo que son, y por lo que nunca iban a ser. No íbamos a ver ese ‘cambio’ que el pueblo ‘supuestamente’ quería, porque en ningún momento tuvimos una oposición que constituyera una amenaza real al status quo. Por esta misma razón tampoco íbamos a ver (para mi descontento y el de muchos otros) un presidente que se atreviera a debatir con la oposición, ya que simplemente no tenia nada que ganar pero sí mucho que perder. Más importante aún, no íbamos a ver a una población que le importase en el fondo que su presidente y candidato a la reelección no participe en un debate de políticas, tanto así que esta acción (o mas bien omisión) constituyese un ‘deal-breaker’ para no darle el voto. En términos reales, no íbamos a elegir a un Poder Legislativo que pudiese ‘controlar’ el Poder Ejecutivo, siendo o no del mismo partido que el presidente.

 

Tuvimos las elecciones que eran de esperarse dada nuestra ‘calificación’ democrática. Dicho esto, creo que es más constructivo dejar las teorías de conspiración, los pataleos, las acusaciones de que se ha ‘atacado a la democracia’ y demás hipérboles, y ver la fría realidad democrática que nos ha estado afectando ya por un tiempo. Ver que hay fallos en el sistema, en las instituciones, en la cultura política, y que estas elecciones son un síntoma pero no la causa del problema. Ver que si queremos verdaderamente un cambio de gobierno necesitamos una oposición unificada, que logre inspirar a un pueblo que se interese en la política, y que este pueblo no venda su voto por unas papeletas o una funda de arroz. En fin, ver que una democracia verdadera no se trata de poder elegir, sino de saber elegir.

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